jueves, noviembre 22

Onceava y erudita entrega...

... de un ensimismado vampiro que redunda y reitera reflexivamente sus dudas sobre las mágicas palabras.

Un viejo monje calabrés hermano de la desaparecida orden de císter pronosticó allá por el siglo XII que por ahí del año 1260 daría inicio aquello que los católicos romanos llaman los Dies Irae, los griegos ortodoxos Parusía, los protestantes últimos días, y tanto tirios como troyanos día del juicio. Si, en efecto, y por mas disparatada que suene la idea sería el mismísimo Cristo quien daría fin al reinado de su propia Iglesia para inaugurar el Reino del Espíritu Santo, que casualmente será regido por los monjes mendicantes que para esos entonces comenzaban ya habían infestado buena parte de Europa. Estos frailes vivían sometidos a una regla espartana que los sometía al trabajo rudo y la renuncia a los placeres mundanos. Su rígida y ejemplar conducta contrastaba con la desparpajada vida de los llamados padrecitos o curas, cuya leyenda negra da cuenta de maravillosas orgías y borracheras memorables. Pero sigamos con nuestro hermano cistercience, que respondía al nombre de Joaquín y que decía ser oriundo de Fiore. Como los más suspicaz es de ustedes pudieron deducir, este oscuro y desactualizado monje cubierto por el polvo del olvido imaginaba la historia como la revelación de la voluntad de Dios entre los hombres, y como buen alma pía decidió copiar a Esquilo presentando su obra en Trilogía, o mejor dicho, tratando de completar con su trabajo de interpretación el verdadero final de la historia, pues ya Dios había escrito, han dicho y aun dicen los que según saben, un viejo testamento que rigió a los judíos y una versión renovada del mismo que aun rige a los escasísimos gentiles. Digamos que si los primeros vivieron bajo la Ley del Padre y los segundos bajo la del Hijo (¿hijo de qué?) entonces cabe la pregunta: ¿qué pedo con el Espíritu Santo?

Para no hacérselas larga y aburrida digamos que el buen Joaquín recurriendo a tremendo ejercicio de empatía se puso los zapatos del Providencial ente imaginándolo como aquel chamaco al que sus papás mandan a la secundaria pública sin el libro de español (es el chivo o el libro decía por lo regular el jefe) preguntándose a si mismo: "¿y yo en que escribo?" o "¿y yo en que leo?" e inmediatamente respondiéndose: "pus hago como que le-leo" o "pus escribo en el aire a lo pendejo". Mas o menos así fue, porque le evangelio del Espíritu no será escrito, ni leído, ni hablado ni pobremente interpretado; el verbo será liberado de la palabra porque según el buen Joaquín en la época del espíritu santo todos seremos monjes y tendremos línea de comunicación directa con Dios, sin necesidad de tipos, caractéres, guarismos ni cables. Inteligencia Divina llamó nuestro monje a dicha facultad y Evangelio Eterno al proceso comunicativo que la mayoría de sus académicas lumbreras fragmentan y dicotomizan en medios y mensajes o formas y fondos. Quiero cerrar el caso de nuestro inquisitivo Joaquín que tanta simpatía despierta a este inmortal porque gran alma creativa era, ya que fue hermeneuta destacado, inquisitivo filósofo y el primer historiador de la cristiandad que concibió la historia como proceso compuesto por periodos. Murió tranquilo en su natal Fiore en el año de 1202 después de haber fundado el monasterio de San Giovanni y la orden de Fiore. Las repercusiones de su obra fueron grandes, tanto así que sus ideas fueron proscritas por el Concilio Laterano y sus oportunistas seguidores perseguidos y quemados en la hoguera por grillos y herejes.

Traigo a colación todo este somnífero y solemne choro para ilustrar otra faceta de las palabras, su rotunda y contundente limitación: nuestro repertorio es tan limitado que siempre nos quedan dudas obstetras de ansiedades, angustias, miedos y todas sus respectivas degeneraciones. Traducimos nuestro miedo en ciencia apuntalando nuestra seguridad con información estadística: la gente quiere respuestas, quiere datos, números, culpables y sobre todo nombres (presentados en forma de resúmenes, cuadros, listas negras, esquemas, digestas, bolo alimenticio y reducciones similares). Por eso si de palabras hablamos la poesía es competencia de una lengua taumaturgamente impúdica incapaz de someterse a la correción de estilo. Y es nomás con este aborto de idea que el vampiro se despide con un nudo en la garganta porque se siente como aquel célebre poeta oriundo de Iztapalapa que se una vez se soñó en vigilia portando muñones en lugar de manos tragándose a gritos significativa estrofa: ¿y qué putas hago yo con esta erección?

No hay comentarios: