
… escritor se siente y quiere hablar sobre monumentos y cosas peores.
A Lucy, que provocativamente trajo a colación un supuesto y vapírico repudio hacia las netas
Durante su larga y vampírica existencia éste humilde bibliotecario abandonó mas de una ves el matinal descanso para resolver la histórica duda que siempre sus entrañas conmovió. Ese viceral y primitivo impulso que a los mortales orilla a quemar incenso a si mismos en una narcisista y redundante actitud: todo culto que no sea dirigido a los entes incorpóreos (sean llamados indistintamente Dios o Diablo) queda reducido por la moral cristina a pecado de soberbia. ¿Dónde putas encontramos el cúmulo de textos, signos, metáforas y representaciones que constituyen el pobrísimo repertorio ideológico de quienes creen sinceramente en la felicidad plena del "si se puede". Sea posiblemente la literatura de superación personal una de sus manifestaciones mas patéticas de esta idiosincracia del mérito.
En alguna de mis entregas primas mención sucinta hice al memorioso y monumental culto que los mortales rinden a sus ídolos, héroes, santos y demonios. Si no mal recuerdo circunscribí en modestísimo paréntesis una vampírica idea producto de un ejercicio de reflexión comprometido desinteresadamente con la verdad y es por tal motivo que me permíto citarme a mi mismo (sic): “el culto de los héroes es el culto del poder”. Y para mejor explicame, mis escasos y queridísimos lectores, referencia quiero hacer al kilométrico anecdotario personal de un vampiro que desde húmedo sarcófago estas memoriosas y monumentalisticas líneas escribe. Si, y no me da pena confesarlo, fue hace poco menos de un año que descubrí esa respuesta que me quitó tantos y tantos días de placentero sueño: ¿Dónde putas descanza el secreto y el motivo que da origen a la representación material mas funesta del poder: el horroroso monumento.
Diacrónica y sincrónicamente limitado, el mortal ser humano se debate angustiosamente entre la efímera contundencia de su temporalidad y sus desenfrenados e incontrolables ímpetus naturales. La erección de monumentos obedece a ese primitivo impulso que hace posible al fuerte imponer su voluntad al débil. La supuesta “racionalidad” burocrática solo institucionaliza como ley y materializa monumentalmente en la memoria aquellas imágenes y mitos que los poderosos desean incrustar en aquella quimera que “los que saben” llaman el interés general. (Me cai que no tengo broncas con las quimeras, cuya persecución junto a Dostoievsky promuevo, pero como toda quimera, la “los intereses nacionales” y su definición como proyecto colectivo no deja de tener sus respectivos matices y gandallísimos bemoles). La bronca estriba en preguntarse ¿quién o quienes definen el contenido de tales intereses y como a los demás convence del legítimo derecho a la dominación?
Y es en última estancia que el vampiro se despide no sin preguntarse ¿quién o quiénes deciden los personajes constitutivos tanto del panteón como del pandemonium? ¿son el mal y el bien representaciones de aquellos impulsos más primitivos que habitan todos y cada uno los mortales e inmortales corazones? Dice mi agüelita (simón, ¡agüevo! Este vampiro tiene una abuela a quien ama sin tapujos con todo el corazón) a la gente que es "mala como la carne de puerco" que se cuiden del rebote de tantas y tantas maldades realizadas porque "todo se paga en esta vida". Si un servidor es viejo imagínense a su agüela que según ella cierta vez le dijo a no se qué faraón (siempre ha confundido a Tutmosis III con Ramses II y a Ruíz Cortines con Miguel Alemán) que se había gastado el mega varo en levantar un monumento a si mismo y que desesperadamente le pedía consejo: "no mijo, Dios no le da alas a los alacránes".

