El vampiro despertó con la cabeza a punto de estallar. Ya tres días con la puta migraña asesina. seguro que fueron las horas pasadas bajo el sol, que ya se cuentan por cientos de miles, dijo para si mismo. No pudo restregase los ojos pero si bostezó y se estiró, aunque sintió una punzada malévola recorrió la cuenca del ojo izquierdo. Como si un pequeño ser maligno dentro del cráneo hincara una pica en la parte izquierda del hueso frontal. Algo así como un dolor de muelas pero en este caso particular la muela es toda la cabeza. Decidido a dar fin a tal suplicio, el vampiro se armó de valor y no sin gan dolor abandonó la confortable oscuridad de su cubil. Mientras esperaba el camión el vampiro sintió como los tenues rayos solares amenazaban con fastidiar un trayecto ni mandado hacer para un día nublado: eran las ocho y media de la mañana.
El vampiro llegó a la Clínica 12 del IMSS treinta y cinco minutos después. La Unidad Santa Fe no podía lucir más horrible. El dolor era insoportable, y ya no era sólo un pequeño ser maligno con una inocente pica dentro de su cráneo, sino media docena de hijitos de su maligna chingada armados con mazas y barretas dándole duro a la capa craneana del infeliz. El vampiro se paró frente a una chica que custodiaba la entrada, le preguntó por Urgencias: "aquí no hay Urgencias joven". Sus palabras resonaron dentro de su vampírico cráneo, los pequeños seres malignos gritaron de júbilo. Querida, los rayos del sol me lastiman, dime quien puede quitarme ésta migraña asesina, le suplicó lastimero el vampiro. La niña señaló hacia el fondo de un pasillo. Las máquinas de escribir sonaban mientras el vampiro se dirigía hacia una oficina donde tres mujeres vestidas con pantalón blanco y filipina verde, estaban chacoteando plácidamente. Señoritas, la cabeza me estalla, les juro que dan ganas de arrancarla, suplicó el vampiro mientras con mueca de dolor, clávenme de una vez una estaca en el corazón, remató señalándose el pecho con una mano, mientras frotaba su dolorida frente con la otra. "Aquí no hay urgencias joven" dijo al vampiro una de mujeres de filipina verde. En ese momento se imaginó el vampiro a las tres brujas del Hamlet de Orson Wells burlándose de su desgracia, mientras los seres malignos hacían eco de sus carcajadas. "Vaya a San Pedro de los Pinos" dijo amablemente una de las mismas. “Mire, tome Calle Diez y llegando a Revolución tome a..." No traigo carro doc, interrumpió ya desesperado el vampiro. "¿Se va a ir usted en taxi?" Preguntó otra de las mujeres. No invente, no tengo dinero, si eso fuera no vendría al Seguro. La más joven de las tres presionaba las duras teclas de una máquina de escribir mientras dejaba escapar una ligera sonrisa de sus labios. A pesar de su migraña el vampiro no dejó de notar que resultaba bastante simpática, y le respondió con un rictus que pretendía ser el guiño de un ojo. "Entonces bájese en el metro San Pedro de Los Pinos, la Clínica está sobre Revolución, no hay pierde, ahí hay Urgencias. Cuídese mucho y váyase por la sombrita" dijo despidiendo al vampiro la mujer que había sido interrumpida.
La segunda clínica contaba con servicio de Urgencias, pero el vampiro llegó a preguntar al checador. Una muchacha regordeta con lentes le sonrió y señaló el módulo ubicado a un lado. El vampiro dirigió hacia allá sus pasos. En el módulo estaban dos chicas también lenteojudas. Los mismos pantalones blancos, pero las filipinas eran de un tono verde agua que contrastaba con el verde mucho mas fuerte de las filipinas que portaban las mujeres de la Clínica 12. EL vampiro no llevaba carnet, ni número de filiación, pero afortunadamente llevaba sus credenciales del IFE y de la chamba. Una de las chicas lenteojudas consultó su base de datos: "aquí dice que le toca en la Clínica 12" dijo. Señoritas, la los rayos del sol me lastiman y está migraña asesina no me deja trabajar. Ayer me regresaron a mi casa. Y en mi casa sólo puedo tomarme la frente y aullar de dolor. Dejé también plantadas a mis vampiritas lindas, que se han de haber ido de aquellare con el macho cabrón, que ya se le cocían las habas al desgraciado, ¡denme una cura a mi mal por favor! Chillo el vampiro con los ojos llorosos. La chica de la base de datos tomó un papel y escribió el número de filiación del vampiro y unas líneas ininteligibles. "Vaya usted al segundo piso con la doctora Ortega para que autorice la Urgencia. El vampiro subió las escaleras como pudo y llegó al área de consultorios, al fondo se ubicaba la jefatura clínica y frente a su puerta ya se formaba una cola como de ocho personas. Pasaron como quince minutos, el vampiro sintió el correr de cada segundo. Una vez en la oficina la dra. Ortega tomo otro papel y escribió unas líneas tan inteligibles como la chica del módulo de Urgencias. "Ve a la ventanilla uno y que te den un sello". El vampiro siguió la orden y como pudo bajo las escaleras. A cada escalón sentía como cimbraba su cabeza. la cola de ventanilla uno era el triple de larga. Tras veinte minutos de espera el vampiro consiguió el sello de Control de Prestaciones y volvió a la oficina de la dra. Ortega. No estaba. Otra de las doctoras por fin estampó su firma sobre el papelillo garabateado por la Dra. Ortega. "vaya a Urgencias" dijo, "y pa la otra diríjase directamente a la Clínica 8, allá si hay urgencias" le dijo finalmente a manera de regaño. El vampiro llego por fin al módulo de Urgencias. "Tome asiento" amablemente le dijeron. Pasaron solo diez minutos, pero el dolor que ya era virtualmente insoportable los fue tornando paulatinamente en horas. La imaginación del vampiro desvariaba con gusanos horadando sus sesos. Los vampiros y las brujas habían desaparecido dando a una imagen inspirada en la sintomatología de la cisticercosis. Tomándose la cabeza el vampiro buscaba la paz volteando cada quince segundos desde la sala de espera hacia la puerta que daba al área de Urgencias. Por fin le llamaron. "le vamos a poner un suero y unos piquetes", dijo parsimoniosamente el médico. El vampiro cayó presa del pánico. No doc, por favor, las agujas me dan fobia, gritó el vampiro con el pulso cada vez más acelerado y los ojos desorbitados. Los gusanos intercraneales ahora consumían el área de los sesos que corresponde al juicio. Acto seguido, el doctor corrige la receta. "Va usted a tomar ergotamina con cafeína y mañana se va su la clínica correspondiente pa que el médico familiar le den su tratamiento". El vampiro lo miró agradecido. Tomó una receta anotada con caligrafía ininteligible y pasó con una señorita vestida de overol blanco que rápidamente la surtió. Ya sobre el pasillo el constante golpeteo de teclas generaba una atmósfera arcaica y confortable. El vampiro tomó sus medicamentos y salió de la Clínica. Ya de camino al trabajo el dolor fue disminuyendo, pero no desapareció, como si las drogas suministradas hubieran nomás adormecido a los chingados gusanos...
