
Si de ensimismamiento y autocomplacencias se trata no hay nada mejor para un vampiro que ver películas de vampiros. Créanme queridísimos mortales que a pesar de sus primitivas limitaciones algunos de sus desplantes de ingenio han llegado a sorprenderme e incluso a maravillarme al vislumbrar aquello que las francesas llaman le petit mort y algún célebre filósofo denominó lo sublime. No miento cuando digo que muchos han sido los “artefactos” cuyo impacto mi vampírica memoria en piedra ha grabado. De entre tantos destaca una magnifica película sementera de un director cuyo nombre vale la pena traer a colación: David Cronemberg.
Rabia es la enfermedad que trae consigo el ejercicio de dos populararísimos pecados capitales: la soberbia desenfrenada representada por un médico con patológicas inclinaciones mengelianas; junto a la lujuria viciosa e incontenible encarnada en una buenérrima y despampanante rubia víctima de aquello que ustedes llaman casualidad y nosotros los hijos de Caín denominamos simple y llanamente por su nombre: la preclara estupidez humana. Porque es eso precisamente lo que da origen a la escatológica cinta cuya influencia nos orilla en la orilla (sic) del decir: “bien vale una vampírica reseña este artefacto digno del ingenioso Odiseo.”
Hay tienen a un imprudente cabulilla dueño de una horrenda chatarra que lo deja botado en medio de la carretera y a un frenético motociclista que acompañado de nuestra calendaría rubia se estrella a velocidad vertiginosa contra el despojo automovilístico para dar inicio a esta trama de apocalíptico desenlace. La bella en estado irreconocible es atendida en una clínica cercana regenteada por un locuaz cirujano plástico que sádicamente espera que del laboratorio vuelvan los injertos extraídos de los muslos exuberantemente sanos de una víctima con quemaduras de tercer grado. Después de la operación nuestra rubia despierta como de una noche de juerga sin el más mínimo resabio de cruda, pero si con la desesperante sed que le acompaña. Instintivamente nuestra amiga se dirige a extraer del primer incauto que se cruza en su camino aquel líquido vital que de ahora en adelante será para ella el único alimento. Un alacranesco aguijón alojado en la axila de esta cachonda rubia le permite utilizar sus encantos atrayendo inocentes víctimas para dotarles, no con beso de la muerte, sino con un mortífero abrazo chupasangre que los fulmina tras padecer 24 horas de salvaje y delirante rabia. De inmediato la ciencia médica identifica que la escatológica peste se transmite al contacto con la saliva del enfermo. Decenas de convoyes con soldados armados hasta los dientes recorren las calles tirando a discreción sobre aquellos que muestren abiertamente los síntomas de la enfermedad: cualquier actitud violenta por mínima que fuera debía ser reprimida con violencia y en el acto.
Esta maravillosa cinta nos inspira y hace pensar en tantos peligros para la humanidad invocados con el pasar del tiempo y tantas enfermedades mortíferas que han querido ser exterminadas de raíz por cualquier lugarteniente del imperio en turno: ¡invóquese al mismísimo chamuco! Llámese traición, deslealtad, herejía, locura, comunismo, terrorismo o simplemente rebeldía a ese primitivo terror que instintivamente nos produce el menor contacto con “los otros”. Llevar al extremo del pánico este miedo natural es el recurso favorito de tantos y tantos asesinos poderosos que han llegado incluso a sistematizar e institucionalizar el extermino. Y ya para despedirme, mis queridísimos y escasos lectores, queda finalizada está quinta que por ser entrega y recién estrenada pasa ya al terreno de la sexta: aquel que se que se constituye en dominio de las canchas oficiales.



