
Primera entrega… o de cómo el que nace pa tamal, del cielo le caen la hojas.
Cuando aun era escolapio y daba mis primeras vueltas por la Biblio de la Facultad, recuerdo haber visto con envidia a un cábula de bata que estaba en la salida detrás de una rampa por la que dejabas deslizar los libros que traías encima. El dichoso embatado se limitaba a revisar los sellos que marcaban las fechas en que los ejemplares extraídos debían ser devueltos y a parar oreja cuando algún despistado olvidaba pasar sus libracos por la rampa y hacía sonar la alarma del sensor instalado frente al torniquete de salida. Recuerdo bien aquel día porque vi con verdadera envidia a quien tenía tan mecánica encomienda. Inmediatamente me vino a la mente a un sanjuditas ahí, a toda madre, con una bata que cubriera sus ropas de civil y realizando tan encomiable labor que me daría tiempo para poner en práctica mis inquietudes de diletante amateur. A casi 10 años de tales acontecimientos !me invitaron a integrarme al “staff” de una biblioteca universitaria! -!A güevo! Me dije a mi mismo. -!Que chingón! Me volví a repetir. Estaba pues en mi elemento. No voy a negar que me sentí medio destantiado (sic) por la novedad, pero sobre todo por la emoción que despertaba el mi el hecho de tener acceso a uno de mis principales vicios, aquel que muchos relacionan única y erróneamente con los libros: la lectura. El horario estaba de fábula, ya que iba a prestar mis servicios de dos de la tarde a diez de la noche, lo que me permitía dejar mi ataúd a eso del medio día (eso de que los vampiros nos morimos con la luz del sol es puro choro, como también lo son las máximas de lo que yo llamo el individualismo tecnocrático y aquello que escriben los promotores de la meritocracia y la superación personal) dejándome abierta la opción de regresar a él como a eso de la media noche, hora que marca el inicio de actividades para aquellos que disfrutamos del manto emancipador de la noche. Porque los seres de la noche, sépanlo bien, somos seres libres. Estábamos pues en le momento que me vi a mi mismo en una Biblioteca. Como fueron pasando los días me fui sintiendo como una mosca en una letrina, como un gusano sobre carne putrefacta, como una cucaracha en cocina, como una rata en alcantarilla, como teporocho en la banqueta… no se si me explique… ¿Qué siente un padrote paseando en la merced? ¿Acaso cualquier muláh no se siente casi casi como el mismísimo Mahoma cuando esta entre las chicas de su harem? ¿No me digan que un narco en Ciudad Juarez, Tijuana o el Golfo no se siente amo y señor de la situación? ¿A poco no la impunidad que da una placa no hace sentirse reyes a aquellos que sumisamente agachan la cabeza cuando un superior les ordena “caerse con la renta”? Bueno, bueno, ya nos estamos desviando. Lo único que yo les quería expresar es la sensación que despertaba en el que estas líneas escribe el hecho de integrarse al staff de una Biblioteca. Me sentía, en resumidas cuentas, como pez en le agua…
Cuando aun era escolapio y daba mis primeras vueltas por la Biblio de la Facultad, recuerdo haber visto con envidia a un cábula de bata que estaba en la salida detrás de una rampa por la que dejabas deslizar los libros que traías encima. El dichoso embatado se limitaba a revisar los sellos que marcaban las fechas en que los ejemplares extraídos debían ser devueltos y a parar oreja cuando algún despistado olvidaba pasar sus libracos por la rampa y hacía sonar la alarma del sensor instalado frente al torniquete de salida. Recuerdo bien aquel día porque vi con verdadera envidia a quien tenía tan mecánica encomienda. Inmediatamente me vino a la mente a un sanjuditas ahí, a toda madre, con una bata que cubriera sus ropas de civil y realizando tan encomiable labor que me daría tiempo para poner en práctica mis inquietudes de diletante amateur. A casi 10 años de tales acontecimientos !me invitaron a integrarme al “staff” de una biblioteca universitaria! -!A güevo! Me dije a mi mismo. -!Que chingón! Me volví a repetir. Estaba pues en mi elemento. No voy a negar que me sentí medio destantiado (sic) por la novedad, pero sobre todo por la emoción que despertaba el mi el hecho de tener acceso a uno de mis principales vicios, aquel que muchos relacionan única y erróneamente con los libros: la lectura. El horario estaba de fábula, ya que iba a prestar mis servicios de dos de la tarde a diez de la noche, lo que me permitía dejar mi ataúd a eso del medio día (eso de que los vampiros nos morimos con la luz del sol es puro choro, como también lo son las máximas de lo que yo llamo el individualismo tecnocrático y aquello que escriben los promotores de la meritocracia y la superación personal) dejándome abierta la opción de regresar a él como a eso de la media noche, hora que marca el inicio de actividades para aquellos que disfrutamos del manto emancipador de la noche. Porque los seres de la noche, sépanlo bien, somos seres libres. Estábamos pues en le momento que me vi a mi mismo en una Biblioteca. Como fueron pasando los días me fui sintiendo como una mosca en una letrina, como un gusano sobre carne putrefacta, como una cucaracha en cocina, como una rata en alcantarilla, como teporocho en la banqueta… no se si me explique… ¿Qué siente un padrote paseando en la merced? ¿Acaso cualquier muláh no se siente casi casi como el mismísimo Mahoma cuando esta entre las chicas de su harem? ¿No me digan que un narco en Ciudad Juarez, Tijuana o el Golfo no se siente amo y señor de la situación? ¿A poco no la impunidad que da una placa no hace sentirse reyes a aquellos que sumisamente agachan la cabeza cuando un superior les ordena “caerse con la renta”? Bueno, bueno, ya nos estamos desviando. Lo único que yo les quería expresar es la sensación que despertaba en el que estas líneas escribe el hecho de integrarse al staff de una Biblioteca. Me sentía, en resumidas cuentas, como pez en le agua…

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