miércoles, enero 23

Vigésima

Sobra la tecnocracia, sus mitos y cosas aun peores


¿Qué es un héroe? El relato de sus aventuras siempre toma la forma del mito. El mito tiene una función fundamental: ofrece un relato que sirve de pretexto a la cohesión social. Sólo un tecnócrata radical de los más miopes concibe un imaginario social sin mitos, o incluso pretende ignorar la existencia de tal imaginario. Frente a los mitos fundadores (el surtido es rico, prolífico y variado: el águila y el nopal, la Virgencita de Guadalupe, La "Independencia" (sic), La "Revolución" (sic), El "Milagro" Mexicano) el tecnócrata desde la cúspide del poder, ya sea del gobierno o la academia, grita: ¡eso es pura conjetura! ¡Puros cuentos chinos! ¡Eso es ideología! ¡Puros pinches mitos!


Desgraciadamente la tecnocracia tiene razón. Decía don Andrés Molina Enríquez (1909) que los criollos inventaron el mito del cura Hidalgo para legitimar su dominación sobre indios y mestizos, si no, ¿porqué no remitir la paternidad de la patria a un mestizo tirándole a mulato como el generalísimo Morelos, casi un hombre de Estado? (y conste que el apelativo es nomás por hacerle justicia al cura de Carácuaro, porque estado como tal, pus nomás no había). El mexicanismo escudo nacional que da cuenta de la fundación de Tenochtitlán resulta ser puro balín, porque él águila originalmente no devoraba una serpiente, sino el espinoso fruto del nopal, la tuna, símbolo del corazón del hombre. La culebra fue traída a colación por los monjes, ya que el imaginario católico servíase de tal reptil para simbolizar al mismísimo chamuco. Vuelve a escena el tema de la dominación: los mitos, además de servir de pretexto a la cohesión e identidad del grupo, sirven para explicar y legitimar las relaciones de poder dentro del mismo. Pero el mito que recibió y aun recibe, el ataque feroz de una rabiosa tecnocracia es y ha sido el de la "revolución mexicana", mito que a su pesar se institucionalizó, no sólo en el imaginario, sino en las mismísimas leyes (los artículos 3, 27 y 123). Es esta mixtura, que en buena parte es mito y andamiaje institucional y por otra aparte es válvula de escape para el descontento social, la que nos da cuenta del carácter tan peculiarmente surrealistas de nosotros los mexicanos.


Miope por definición, la tecnocracia todo lo reduce al nivel del dato duro y estadístico, la metodología científica y la encuesta de campo. Cabe señalar que todo lo que escape a sus refinadísimas herramientas e instrumentos y no pueda mensurarse de plano no existe. Pero por más contradictorio que el asunto resulte, la tecnocracia también cuenta con mitos propios, igualitos a los del nacionalista trasnochado o del populista izquierdoso. Mitos como el de La "Mano Invisible"(sic), el mercado como "Distribuidor de la Riqueza" (sic, la Providencia palidece), el Altruisimo (y demás formas pías de lavar lana), el "Desarrollo Sustentable", el "Capital Social", el “Libre” Comercio... Los tecnócratas creen que sus mitos no son mitos sino ciencia, lo que pretenden ignorar es que el gran Carlitos Marx creía lo mismo del marxismo, y al igual que ellos veía con recelo toda ideología, denominándola "falsa conciencia". Por eso no existe nada mas ideológico que negar las ideologías, porque hasta el evangelio dice: "señalas la paja en el ojo ajeno, pero no ves la viga que traes en el vuestro". Todos tenemos ideología, hasta los tecnócratas de la derecha (porque los hay también de izquierda, como chingaos no, si no pregúntele a Marcelo) que la niegan proclamando su fin la tienen, una ideología mezquina, inconciente, individualista y depredadora, que encuentra el origen de una miseria estructural en la holgazanería y el supuesto valemadrismo del jodido. Lo mas patético del asunto es que después viene fulano a restregarle en cara al estructural jodido su historia de éxito, a ese mismo estructural jodido que vive en la sierra o el valle, pero que no habla español y que nunca ha visto una preparatoria (ya no digamos secundaria, por no exagerar) ni mucho menos una computadora, que cuando puede siembra su maicito, su frijolito y sus chilitos, y que no sale de esa pinche vida miserable. Frente a este folclórico cuadro, nuestra exitosa y competitiva aristocracia del mérito se queda sin palabras para denominar el origen del atraso de los sectores históricamente marginados. Todas las historias de éxito comparten trama y argumento, su estructura narrativa es idéntica, tanto así que si conoces una ya te puedes ahorrar la güeva de soplarte todas las demás. Yo lo se, son horrendas.


Para un citadísimo hermenéuta, la ideología es una de las dos respuestas del imaginario social, es el conjunto de mitos, textos y símbolos que legitiman al estatus, la ideología les dice a todos nosotros: quédense donde están, no se muevan, si no, no van a salir en la foto. La otra respuesta del imaginario social es la utópica. La utopía no es un cuadro, ni una foto, sino un esbozo, la posibilidad de un trazo, pero también es negación y al mismo tiempo cuestionamiento de dicho estatus. Es en este sentido que el arte resulta ser la expresión material de la utopía, una solución imaginaria a las contradicciones de la realidad. Es por tal motivo, creo yo, que toda nueva forma de expresión artística deba ser escandalosa y subversiva. Pero todo esto, como mis escasos lectores ya lo saben, les vale madre a los tecnócratas.

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