Fueron en verdad pocos. Digamos que mi formación básica sólo sirvió para distraer a mi diletante e inquieto corazón. Me gustaban las matemáticas por si mismas, me entretenía resolviendo los ejercicios del Baldor. En la secu tuve un profe de física de gran prurito ético, que distrajo mi atención de dicha ciencia porque, según él, su misión se limitaba a lo puramente “formativo”: que las hojas del cuaderno contaran con su respectivo margen, número de folio y fecha. Que nuestras transcripciones íntegras del libro de texto se acompañaran con sendas ilustraciones, eso si, dibujadas a puro pulso. Fue hasta que llegue a Prepa 9 que me enteré que la física era lo mismo que las matemáticas, y que las matemáticas son pura lógica, y que la lógica es una rama de la filosofía, por supuesto que eso no me lo dijeron en clases. Nada de eso me fue útil, y hoy día ya se me olvidó. Pero estábamos en la secu. Él único profe que me enseñó algo útil fue Carlitos, “el oso”, cómo todo mundo le decía. El pinche osito era profe del taller de fotografía y con él hicimos una caja de contactos y aprendimos a revelar películas. Cuando había partido del León le valía madre la clase y quienes querían ver el pambo se quedaban en el laboratorio y los demás salíamos al patio a echar desmadre. En la Prepa sólo aprendí maldades, muy útiles, pero no encajan dentro de lo estrictamente académico.
Después de la chorcha preparatoriana llegué a CU. Recuerdo que la profesora adjunta de la maestra Villegas me enseñó a escribir reseñas; era el primer semestre y mas de la mitad del grupo no teníamos puta idea de cómo escribir una. Me da pena no recordar su nombre porque es una buenaza que en ese entonces estudiaba la maestría y supongo que sigue investigando. Ya había pasado la época de la indolencia y el “copipeist”, y me di cuenta que no había lugar más cálido para un diletante que el tristemente célebre Colegio de Historia en Filos. La biblioteca de Filos es horrorosa, pero ahí me encontré a otro maestro, don José Ortega y Gasset, que de forma indirecta me enseñó a leer filosofía. No puedo olvidar a mi queridísima maestra Teresa Poncelis, que me nos quiso enseñar a ser profes y desató mis inquietudes metacognitivas, que sin ella aún permanecerían ocultas. Alejandra es inolvidable porque me enseñó a escribir: era mi maestra de latín y juntos tradujimos fragmentos de La Guerra de las Galias de César. Si algo me enseñó la escuela en su conjunto fue la técnica: aprendí a citar, a plagiar y a investigar, que digamos son competencias básicas en la llamada “era de la información”.
¿Cómo ver la utilidad desde la perspectiva de un vampiro de tendencias diletantes, qué se regocija precisamente en aquellas cosas inútiles que a nadie interesan? ¿Será una respuesta evasiva al proceso de racionalización capitalista? ¿Será una forma inocua de sublimar pulsiones utópicas que de otra forma resultarían escandalosamente subversivas? Nel, se me hace que nuestro enfoque se ubica más cerca del onanismo dialéctico que del materialismo histórico. Pero lo que si es un hecho es que los diletantes no cabemos en ningún sitio, por no encajar dentro de los “perfiles de puesto”… nuestro futuro laboral es por demás incierto. Afortunadamente soy Bibliotecario y estoy feliz con ello.
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