A todos nos gusta el chisme, generarlo y comunicarlo, pero yo me incluyo dentro del selecto grupo de quienes disfrutan escuchar el chisme nomás por el puro morbo de poseer información “privilegiada” sobre fulana o sutano, digamos que soy un vouyerista, pero auditivo. Me encantaría exponer a mis diacrónicos lectores mi tipología del chisme, pero de acuerdo al título de entrada, me ciño a dar continuidad a mis lastimeras crónicas, cuyo estilo da saltos de la verdad a la ficción, nomas para advertirles que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, y nomás porque aquí en este blog no se quiere quemar a nadie…
Mención hice a la tipología del chisme por dos causas: 1) existen muchos tipos de chisme, inofensivos y divertidos, pero los hay también atroces, venenosos. El chisme puede ser también operativamente destructivo, tanto en forma coercitiva como instrumental, ya se use para chantajear o para “quemar”; 2) desde una perspectiva ontológica, la condición de posibilidad que da origen al chisme es el “nombre”, de ahí que si no existe el “nombre”, de plano no hay “chisme”: para que el chisme divierta, exhiba o coercione es necesario que haya un sujeto, es decir, necesario es que haya de quien burlarse o emitir juicios desfavorables.
La estructura organizativa de la DGPC, elevada por la actual administración a nivel de subsecretaria, era piramidal. En Álvaro Obregón éramos como 100 promotores divididos en siete zonas. Cada semana los diferentes coordinadores zonales reunían a su equipo en juntas de “Planeación y Participación”, que entre chorcha, camorra y lavadero servía para organizar la chamba, exhibir cínicas güevas, y por supuesto, echar chiles al desentendido y cebollas al jefe y al cumplido. Nada es en verdad más jodido. ¡Ja, Ja!
Por supuesto que a todos nos gustaba el chisme y voluntaria como voluntariamente nos encargábamos de hacerlo circular. Veris, la promotora más cumplida de Jovito, una vez me dijo que el chisme no era chisme: “hey, hey, hey compañero, cual chisme, comunicación popular mi chavo, comunicación popular”. El vampiro no pudo mas que cagarse de la risa, en aquel entonces se encontraba leyendo a Mattelart: “ja, ja, ja, ja, ja… no chingues, que cagado, comunicación popular… no mi Veris, tu si te vuelas la barda”. Veris era nuera de Malulis, y cuando yo ingresé a las filas de la DGPC, allá por 2003, me tocó la mala suerte de formar parte de su equipo, el coordinador era, por supuesto, Jovito.
Recuerdo cuando conocí a Jovito. Llegué con mis papeles al pinchurriento changarro de San Angel, después de haber ido a las putas oficinas de hacienda pa tramitar mi cédula fiscal, hasta chingado Xochimilco (perdona, Xochimilco querido, que desde que viví un año frente a la Iglesia de Santa María Tepepan me enamoré de ti). Las paredes del changarro estaban decoradas con carteles enmarcados que aludían a “La Ciudad de la Esperanza” y los programas sociales del buen Peje, había un par de sillones exageradamente mugrosos, dos archiveros grandes e igual número de escritorios uno puesto frente al otro, ocupando las esquinas al fondo del espacio. Inmediatamente el vampiro se preguntó en voz baja de que chingado mercado de pulgas habían sacado su pinche su infeliz mobiliario. Jovito usaba la computadora mientras escuchaba al príncipe de la canción, de repente el desgraciado cantaba valiendo madre el horripilante timbre de su voz. Tuve que soplarme dos o tres rolas del maldito mientras esperaba a Bera, la asistente operativa de, Celis, la coordinadora delegacional. Arriba de nuestro changarro estaba Roque Gandallita, coordinador de la región poniente, que comprendía las delegaciones Miguel Hidalgo, Álvaro Obregón, Cuajimalpa y Contreras; un par de años después la Rata Mágica y yo nos burlábamos del buen Gandallita diciéndole el “zar de la poniente”. De repente cruzaron la puerta Bera con una chica de acento norteño, gordita, mofletuda y sonrosada, supongo que volvían de comer, venían echando chisme. “Hola SJ, como estás. ¿Ya traes tus papeles completos? ¿Fuiste a ver lo de tu cédula? ¿Ya fuiste a Coyoacán?”. Bera saludo amistosamente a Jovito, que respondía inmediatamente al saludo, quitó al príncipe en la parte más emotiva de El Triste, cedió el asiento a Bera y se escabulló por una puerta que se encontraba frente a él con la seguridad y parsimonia de un oso panda. En ese momento se apareció una muchacha nueva, igual que yo, que fue instruida rápidamente por Bera, nomás se fue la chica comenzó a vivorear con la gordita sonrosada: “esa muchacha está rete chistosita, parece que la dibujaron para el show de porky,…”, ¡ja¡, yo estuve a punto de cagarme de la risa con el pendejo comnentario: la gordita de plano que estaba ni mandada hacer pa inspirar a quien rotula un puesto de carnitas, y la Bera, pus asi que digas muy esbelta y menuda, pus nada que ver, más bien estaba como para servir de modelo a Rubens. Pero el que de plano se volaba la pinche barda era el Jovito, que era gordo y oscuro como la sombra emitida por la botarga del Doctor Simi.
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