Me asomé por la ventana. -Buenos días. Me dijo con tamaña sonrisota.
-Buenos días, respondió el vampiro todavía medio en vigilia. Acto seguido, se estiró pegando tremendo bostezo. Después cerró los puños y restregó sus ojos retirando así la chinguina acumulada durante el sueño.
-Ay, perdona que te moleste, pero afuera está el carro de la basura. Digo, por si quieres tirarla. Me encanta la diplomacia chilanga. Es maravilloso vivir en un pueblito como mi ya entrañable Santa Lucía Xantepec (aprovecho, a colación, pa saludar a mi queridísima Lucy, que también tiene un blog. Lucy: soy tu fan número uno, no hay nadie en el jaifais que escriba tan bonito como tu). La basura llevaba semanas acumulándose. Recuerdo haber tirado hace ya varios días unos tacos de chicharrón prensado y cuero que hasta bajaban las ánimas al purgatorio. Imagino que a esas alturas ya se había incubado larva.
-Nombre, no es ninguna, ¿bonito día no? Así dijo el vampiro mientras sonreía. Sus amarillentos colmillos reflejaban por encima de la comisura de sus labios color violeta los rayos del indolente sol. El vampiro entrecerró los ojos. Muchas gracias por avisarme, voy corriendo, contestó. El vampiro traía puesta su capa, una cobija de fieltro color rosa mexicano. Tomo unos jeans que no han visto jabón en semanas. Dejó la capa y salió. La basura rebosaba alegremente de dos botes, pero eso nomas era la micha. La otra parte se desperdigaba por doquier: botellas, envases, latas, colillas. El vampiro tomó lo que pudo entre sus manos, cruzó el jardincito y después la cochera del casero. De repente se escuchó un “ahí ya viene”. A lo lejos apenas se alcanzaba a distinguir una respuesta, al parecer era una ruca de una 50 o 55 años, seguramente la vecina se estaría quejando, ya imagino: “nombre, si viera usté, son un par de muchachos que viven bajo mi casa. Se me hace que organizan misas negras o adoran al chamuco porque en las noches ponen una música como que diabólica, otras veces medio tenebrosa. Uno de ellos de repente se pone a cantar: el muy infelíz pega unos berridos que dan rete harto miedo. La mera verdá yo reconozco que hago mi licuado a las 6 de la mañana y de repente mi viejo se pone briago los domingos y canta rancheras, pero digamos que unos respeta los horarios de la gente, no que mis vecinitos, ¡jijos!, valiendo madre lunes, miércoles, jueves, cuatro, cinco o seis de la mañana.” Me imagino que ahí fue cuando dijo “ahí viene”. Di gracias nuevamente a mi vecina. La ruca del carrito, efectivamente, tenía como 55 años, portaba un chaleco naranja poca madre. Péreme tantito, orita traigo más, le dije mientras le corría una moneda de cinco varos que saqué de mi bolsillo. “¿Más, a chingá?, pus tonses va ser mas dinero”. Pinche vieja, masculló el vampiro mientras aflojaba otros cuatro varos. Volvió corriendo por la otra tanda y colmo pudo abarco toda la basura restante con sus brazos, al cruzar nuevamente la reja el vampiro vio como la chingada vieja se alejaba con talante cínico y parsimonioso. Empujaba su carrito la muy jija. Aceleré el paso y le entregué mis restos.
-Muchas gracias encanto de mujer, nunca cambies, bonito chaleco. No le tiraba la onda, sólo tenía ganas de chingar, la sangre rancia no me gusta.
-Chingue usté a su madre…
-Indudablemente eres un encanto.
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